INMUNOSENESCENCIA

Imagina que es ahora el otoño del 2027. Hace ya tres años que nadie menciona siquiera la pandemia originaria de Wuhan. Las circunstancias han vuelto a ser lo que eran cada temporada invernal a lo largo de las últimas décadas. Como de costumbre, en los seis meses siguientes, decenas de miles de personas susceptibles fallecerán en hospitales, asilos de ancianos y hogares particulares, como consecuencia de complicaciones (por infecciones bacterianas oportunistas) de la gripe estacional de turno. Sea por el virus que sea, la muerte por neumonía de origen gripal ha sido, es y será, una muerte horrible.

Cuando -con toda deliberación- nos referimos al coronavirus más reciente como “la gripe de Wuhan”, no debe interpretarse en ningún modo que sugerimos se trata de un simple resfrío. Tres intensas décadas de trabajo en ciencias de la salud nos han mostrado más experiencias de muerte por infección respiratoria de las que deseábamos ver. Aunque no habían recibido nunca semejante cobertura de prensa, las gripes son un permanente azote de la Humanidad. Lo que intentamos mostrar es que, aun si mágicamente eliminásemos en este mismo instante el presente patógeno, la situación permanecería esencialmente la misma: todas las temporadas gripales causarán muchos centenares de muertes por millón de habitantes en cada región. ¿Qué esperamos para resolver la verdadera causa primaria de este fenómeno?


En medio del actual zafarrancho sanitario, es una extraña circunstancia el hecho de que el célebre coronavirus sea especialmente mortífero para los ancianos… pero nadie explique porqué. A pesar de que la mortalidad por SARS COV 2 (COVID-19) ocurre preponderantemente en las personas mayores, o dicho de otro modo, a pesar de que la probabilidad de morir por complicaciones de la infección respiratoria crece geométricamente con la edad, y más del 98% de las muertes ocurre en personas con groseras deficiencias de vitamina D (<10mg/dl!), la narrativa oficial sigue enfocada en medidas externas de mitigación, sin mención alguna del fortalecimiento inmune.


Ya nos hemos referido antes a la radical diferencia entre una visión patógeno-céntrica (aquella que gira obsesivamente en torno al factor de reproducción (R0), intervenciones no farmacéuticas o NPIs y vacunas) y una visión inmunocéntrica, cuyo énfasis está en intervenciones nutri-farmacológicas y técnicas de rehabilitación metabólica para devolver su robustez inmune a las personas en riesgo. Las diferencias entre la competencia inmune de una persona joven y una persona mayor son notorias, en lo fundamental debido a un fenómeno conocido como inmunosenescencia. Como el término sugiere, se trata precisamente del envejecimiento del sistema inmunológico.


En el plano estructural, las barreras físicas conformadas por el tapiz epitelial de los bronquios/pulmones, el tracto digestivo y la piel misma, se debilitan notablemente, haciéndonos más susceptibles a las invasiones patógenas. Nuestro experimentado ejército celular, los glóbulos blancos (macrófagos, células dendríticas, linfocitos T y B, etc.), declinan en número y eficacia en el organismo que envejece. A medida que se hace menos eficaz la “búsqueda y captura” de microorganismos o cuerpos extraños, aumenta la susceptibilidad a infecciones virales por rinovirus, influenza virus, coronavirus, etc. que pueden progresar mucho más rápidamente, complicándose en neumonía bacteriana. La inmunosenescencia no solo afecta la capacidad del sistema inmunológico para repeler o neutralizar microorganismos, sino que también debilita la respuesta hormética del organismo frente a las vacunas, que se tornan entonces notablemente menos efectivas en los adultos mayores.


Fig.1 La inmunosenescencia, progresiva declinación de la función inmune con la edad, es un serio factor de deterioro en la calidad (y cantidad) de vida para la población adulta del planeta, que progresivamente se hace más añosa. El declinar de los atributos del Sistema Inmune en función de la edad, no solo predispone a sucumbir frente a agentes infecciosos que apenas perturban a individuos jóvenes, sino que vuelve progresivamente inútiles las estrategias de vacunación en ese sector demográfico. Por fortuna, dichas deficiencias del S.I. no son irreversibles, y existe creciente evidencia de la intervención meta-nutricional restaura la competencia inmune.


La literatura científica de los últimos veinte años contiene creciente evidencia de que la inmunosenescencia ocurre en paralelo con el envejecimiento biológico y puede, por tanto, ser revertida. Un uso muy específico de ciertos nutrientes, el reemplazo hormonal y diversas técnicas tales como el baño sauna y entrenamiento de potencia, permite vigorizar el sistema inmunológico de las personas mayores. En el caso de los suplementos, tanto por la selección como por la dosis, estas técnicas no son precisamente alimentarias sino más bien farmacológicas. Aunque consisten primariamente en vitaminas, aminoácidos, oligoelementos y ácidos grasos, hablamos entonces de un uso meta-nutricional.


Atresia del TIMO

Una de las señales más claras de envejecimiento inmune es la involución del timo, la glándula ubicada detrás del esternón en medio del pecho. Siglos atrás, al timo se lo asociaba con la facultad de ser decisivo –quizá por su cercanía al corazón- siendo este el origen de las palabras timorato y tímido. El timo tiene funciones muy específicas relacionadas con el Sistema Inmune, concretamente con la capacitación de los linfocitos T, y sufre una progresiva involución física, denominada “atresia”, a medida que declinan los niveles juveniles de hormona de crecimiento (STH). Hasta aproximadamente los 20 años de edad, más del 80% del timo está compuesto por tejido linfoide. Con los años –en realidad, con la declinación neuroendocrina- dicha proporción decrece linealmente hasta que, a partir de los 40, apenas unas fracciones minúsculas del timo permanecen activas. La pérdida de tejido linfoide parece ocurrir a nivel del epitelio tímico porque, en ratones, un timo joven puede prosperar cuando se injerta en un huésped viejo, lo que indica que los progenitores de células T son activos en la médula ósea envejecida.


Fig.2 Preparaciones histológicas de un corte de timo infantil (a) y adulto (b). El timo envejecido está profusamente infiltrado por tejido no tímico, principalmente grasa, aunque presentando aun islas o “unidades” de tejido linfoide activo.


A principios de la década de 1960, se reconoció que la extracción experimental del timo a ratoncitos jóvenes lastimaba severamente a su respuesta inmunológica. La dubitación lógica de los inmunólogos es por supuesto si el timo adulto todavía contribuye o no a la reserva de linfocitos T circulantes en sangre, generando nuevas camadas de estas células. Esta cuestión es de interés tanto teórico como práctico debido al inmenso repertorio de receptores de antígenos que tienen dichas células T (los T-Cell Receptors o TCR) en sus membranas externas, testimonio de la extensa y exquisita especificidad que tienen nuestros esforzados linfocitos para reconocer gérmenes patógenos.


Nuestro repertorio de TCR se establece temprano en la vida y se estima que consta de al menos 108 variedades específicas distintas, esto es, 108 categorías genéricas de receptores a antígenos presentados por gérmenes patógenos. Los linfocitos emigrantes tímicos, recién generados, se dispersan por el sistema inmunológico periférico como células T “naïve”, es decir ingenuas. Con el transcurso de la experiencia vital, después de cada incidente infeccioso en que se generó una respuesta inmune a la cual las células T aportaron actividad citotóxica, estos mueren o ingresan a un compartimento de memoria. Envueltos aun en un velo de misterio, y dado que los linfocitos T pueden vivir largo tiempo, todavía no se sabe si, por ejemplo, mi propio repertorio de TCR se generó exclusivamente en mi infancia (tengo hoy 53 años), o si las células T generadas a lo largo de mi vida –gracias a innumerables gripes, picaduras infectadas, heridas, disenterías, etc.- han contribuido[1] a la diversidad de mi Repertorio TCR. Sea como fuere, el hecho de que el 99% de las personas menores de 50 años sobrevivan a sus infecciones virales respiratorias, significa que el Sistema Inmune pudo hacer su trabajo. Esto cuenta también para las personas mayores que se infectaron con el reciente coronavirus, excepto que… hayan tenido niveles catastróficamente bajos de vitamina D y C.


Escorbuto subclínico, Raquitismo e Inflamación

Parte del envejecimiento inmune proviene de la malnutrición hipercalórica, moderna mezcla de gran aporte calórico –proveniente de carbohidratos refinados, aceites vegetales baratos, comida chatarra- y carencia de micronutrientes esenciales. Tal es la paradójica condición del 60% de los humanos modernos: estar simultáneamente obesos y malnutridos. Esto es en sí mismo desastroso, pero desde la perspectiva inmunológica, resulta también muy lesivo. En efecto, virtualmente todos los fallecimientos por coronavirus han ocurrido en personas que además del bichito y un sistema inmune vetusto, padecían también comorbilidades de tipo metabólico, siendo las más notables hiperglucemia, hiperinsulinemia e hipertensión.


Nota técnica:

Una importante subpoblación de células defensivas en nuestro Sistema Inmune son los neutrófilos. Estos leucocitos altamente especializados de vida más bien efímera, sin capacidad proliferativa propia, envejecen gradualmente antes de desintegrarse por apoptosis. Dado que ni los eritrocitos ni los leucocitos tienen capacidad independiente de multiplicarse por división celular una vez que ingresan en la circulación sanguínea, la velocidad de su liberación desde la médula ósea determina el número de células circulantes, al tiempo que el estatus nutricional de la persona determina su ferocidad germicida. La vulnerabilidad a la infección en los ancianos podría resultar de una disminución en el suministro y/o la funcionalidad de los neutrófilos. Interesantemente, el número de neutrófilos en sangre y de sus precursores en la médula parece no disminuir en sujetos ancianos pero saludables. Con mucha frecuencia, en el campo de la oncología clínica, los fármacos empleados en la quimioterapia producen devastadores efectos colaterales en el resto del organismo. La naturaleza mielotóxica de la quimioterapia resulta en la destrucción del tejido hematopoyético y linfopoyetico, responsable de generar las nuevas células sanguíneas que deben ingresar en la circulación. Entre la plena abundancia sanguínea de un joven saludable y la franca neutropenia de un paciente oncológico, hay un estado intermedio característico del envejecimiento, al que se le ha empezado a prestar atención. Podemos denominar a la relativa escasez producida por la edad leucopenia senil. Esta condición puede ser aliviada con reposición hormonal bioidéntica (somatotropina, testosterona, eritropoyetina, factor estimulante de colonias) pero antes de intentar aumentar la cantidad de soldados de nuestro ejército inmunológico, podemos aumentar su eficacia en la guerra biológica: Suplir generosas cantidades de vitamina D, ácido ascórbico, selenio y zinc incrementa dramáticamente la capacidad germicida de todos los componentes del Sistema Inmune.


Malnutrición y depauperación contribuyen a la fragilidad senil

Como si no fuera suficiente peligro la anemia y la neutropenia, otra dificultad de las personas muy mayores es la incapacidad de encender una buena respuesta febril (en el rango de los 38ºC-40ºC), imprescindible para la defensa antiviral y antibacteriana. La razón de esto es que la hipertermia endógena –nombre técnico de la fiebre- demanda un incremento agudo del metabolismo y la “inversión” de recursos biológicos, que las ancianos malnutridos sencillamente no poseen. Ya sea porque declinan sus enzimas digestivas, o bien por dificultades de la masticación o incluso por la inapetencia que genera la soledad, la malnutrición en la tercera edad es un hecho frecuente. Solo por esta circunstancia –una profunda deficiencia micronutricional resultante de alimentarse mal- la salud de las personas mayores está en grave riesgo cada temporada gripal. Sumado a ello, la pérdida de masa muscular (sarcopenia) y de capacidad mitocondrial para la generación de calor completa el cuadro de depauperación o empobrecimiento biológico característico de la edad avanzada. Me refiero por supuesto a los mecanismos de generación interna de calor. Como ya demostramos en nuestro artículo científico sobre el rol inmunoagónico de la fiebre, un serio error en el tratamiento de las infecciones virales/bacterianas en adultos mayores es la supresión farmacológica de la hipertermia (ver webinar La Suprema Importancia De La Fiebre).


Teniendo claros estos aspectos, los familiares y terapeutas deben obrar con inteligencia y celeridad para restablecer el estatus nutricional requerido por la función inmune. He aquí una pista: los requerimientos de vitaminas, aminoácidos, ácidos grasos y oligoelementos de un geronte enfermo son por lo menos 10 veces mayores que la DDR (Dosis Diaria Recomendada).

[1] Si bien los linfocitos T “naive” y los de memoria pueden distinguirse perfectamente por su fenotipo, aun no pude encontrar ningún ensayo que evalúe la producción tímica en humanos.



Ernesto Prieto Gratacós

Laboratorio de Ingeniería Biológica

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