CÓMO NO MORIR (Parte 1)


Ciertas acciones positivas nos protegen a la misma vez de varias causas de muerte. Es extraño que, por ejemplo, mantener los niveles plasmáticos de vitamina D por encima de cierto nivel específico (45 ng/dL) baja las probabilidades de morir no solo de cáncer o infecciones respiratorias… sino también por accidentes de tráfico, asesinato y caídas en la bañadera. Tal es el misterio de la métrica epidemiológica conocida como mortalidad por toda causa. “Mortalidad por toda causa" es un término utilizado por los epidemiólogos, y científicos especializados en el seguimiento de enfermedades, para referirse al conjunto de las muertes en una población, ya sea que las personas hayan muerto de gripe o que les cayó una maceta en la cabeza. Se utiliza a menudo en los informes de investigación o cuando las agencias de noticias informan sobre el último estudio que promueve hábitos de vida saludables de moda. Resulta que varias acciones que están bajo nuestro control sirven para escapar de las estadísticas generales. El ejercicio físico -específicamente los tipos de entrenamiento que nos hacen preservar la fuerza y el equilibrio- parecen también proteger la vida en un sinnúmero de áreas, aparentemente no relacionadas con los músculos y los huesos.





El término mortalidad por toda causa se utiliza en referencia a una enfermedad o a una exposición nociva -como la radiación nuclear o las sustancias tóxicas- en un contexto estadístico. Suele expresarse como el número total de muertes por cada 1.000 habitantes durante un periodo de tiempo específico. Como es lógico, cualquier cosa que cause la muerte se considera una causa de muerte. Por lo tanto, la mortalidad por toda causa reúne la totalidad de los factores que pueden liquidar a un ser humano. Mandar mensajes de texto mientras se conduce el automóvil es definitivamente uno de estos factores.


Aunque la mortalidad parece ser aleatoria, a menudo se pueden encontrar patrones derivados de comportamientos concretos. Muchos estudios longitudinales pretenden evaluar qué factores de riesgo conducen a enfermedades específicas, como las cardiopatías, el cáncer, los infartos cerebrales, la disentería amebiana -la indigna muerte por diarrea- o los decesos por comer alimento envenenado, ahogarse en una piscina, o ser víctima de un crimen pasional.

Se sabe que existen factores de riesgo, es decir, circunstancias o comportamientos que aumentan la vulnerabilidad a una enfermedad, accidente o resultado concreto. Por ejemplo, fumar tabaco es un factor de riesgo importante, en particular cuando se combina con beber alcohol. Ese comportamiento aumenta las probabilidades de padecer cáncer y otras afecciones serias, que a su vez pueden provocar la muerte. La obesidad, la malnutrición y la exposición a químicos industriales tienen una fuerte relación directa con la mortalidad por cáncer e infartos. Ambos comportamientos (fumar y alcoholizarse) dejan a un individuo mucho más susceptible a una variedad de problemas de salud incluyendo el suicidio y los accidentes.


Se sabe que los factores de riesgo pueden aumentar potencialmente la probabilidad de mortalidad. Sin embargo, la mayoría de los factores de riesgo también pueden minimizarse con algunas elecciones de vida… incluyendo el más poderoso “factor” de riesgo para la vida: la edad. Tal y como descubrió Benjamin Gompertz hace 300 años, la probabilidad de morir se duplica cada 8.4 años a partir de la pubertad. Esta observación sigue siendo cierta hoy en día. Sin embargo, no todos los factores de riesgo son evitables. Quizá debamos aclarar que es la edad biológica la que constituye en realidad un factor de riesgo, solo que, en la mayoría de los casos, la edad biológica es idéntica (o incluso mayor) que la edad cronológica. Con la edad aumenta la probabilidad de contraer enfermedades potencialmente mortales, como el cáncer, las llamadas enfermedades asociadas a la edad. Algunos factores de riesgo, como los antecedentes familiares o la genética, tampoco pueden controlarse. Sin embargo, muchas enfermedades relacionadas con la mortalidad pueden evitarse, retrasarse o reducirse el riesgo mediante la elección de un estilo de vida saludable. Cosas tan sencillas como evitar fumar, cortar los carbohidratos refinados, trabajar con el cuerpo, meterse en la sauna dos veces por semana y mantener un índice de masa corporal por debajo de 28 Kg/m2, disminuyen la mortalidad por toda causa.


Es difícil para los científicos determinar exactamente por qué mecanismo biológico concreto ciertos buenos hábitos, como mantener una cintura estrecha y trabajar con los músculos, evitan un abanico tan amplio de patologías. Sin embargo, su efecto estadístico global es innegable, por lo que sí podemos determinar qué comportamientos fomentan la mayor salud y longevidad. Por eso, cuando un estudio hace referencia a la mortalidad por toda causa, abre bien los oídos. En el blog siguiente, describiré algunos hallazgos concretos que hemos hecho en años recientes.



Ernesto Prieto Gratacós

Laboratorio de Ingeniería Biológica

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