COSTO ENERGÉTICO DE LA INTELIGENCIA HUMANA.

Actualizado: ago 4

Animales tan sencillos como los insectos y los reptiles funcionan a la perfección -y han sobrevivido por eones en nuestro planeta- sin necesidad de lenguaje ni pensamiento abstracto. ¿Por qué hubo de surgir entonces el avanzado cerebro de los homínidos, y especialmente, el formidable cerebro humano? En el actual debate sobre la evolución de esta compleja bio-computadora de los animales vertebrados, el “centro de gravedad” de la discusión se ha desplazado desde la hipótesis del equilibrio energético a la hipótesis de la ventaja adaptativa y competitiva que provee un órgano de interacción social como el cerebro. Mi laboratorio ha explorado antes la fascinante cuestión del cociente de encefalizaciónver video- en relación con ciertos problemas de la biología tumoral y la dominancia del metabolismo glucídico fermentativo en los tumores sólidos.


En el contexto del ayuno profundo como herramienta terapéutica, conviene examinar la evidencia mas reciente. Disponiendo ahora de nuevos datos sobre la tasa metabólica basal (TMB) y el tamaño del cerebro, resulta evidente que la disponibilidad continua de energía es un problema en el mantenimiento de un órgano tan demandante. En nuestra especie, en promedio, el cerebro constituye apenas un 2% del peso corporal, pero consume una quinta parte de toda la energía metabólica generada cada día.



En los mamíferos, el tamaño del cerebro guarda relación directa y proporcional con el metabolismo basal de cada especie (mientras más grande este, mas intensa la TMB), correlacionado a su vez con el tamaño del cuerpo. Parece ser que, para explicar la variación del tamaño del cerebro en diferentes taxones (grupos de especies) hay que considerar la capacidad de sostener el costo energético del Sistema Nervioso Central, balanceado con los beneficios de ser más inteligente. Lo que quiero decir es que, en algunos nichos ecológicos y en ciertas circunstancias ambientales, puede haber sido más efectivo no desarrollar un cerebro más grande. En muchas ocasiones, al parecer, para sobrevivir solo fue necesario ser rudimentariamente inteligente, pero sí capaz de tolerar largos periodos de sequía u alguna otra dificultad ambiental. Las cucarachas son un claro ejemplo de máquinas biológicas perfectas con una capacidad cerebral baja, aproximada a la de un iPhone 12 pro.



Desde el inicio de la teoría evolutiva, los antropólogos y neurocientíficos han estado intrigados por el dramático contraste en el tamaño del cerebro humano (relativo a la masa corporal) y el de nuestros antecesores directos, los grandes simios. Dicha asimetría es relevante, considerando que las diferencias en el tamaño del cerebro entre especies son la base de sus gigantescas diferencias cognitivas (x). La investigación mas reciente sobre la evolución del tamaño del encéfalo se ha centrado en gran medida en los beneficios de las capacidades cognitivas mejoradas para hacer frente a los desafíos impuestos por vivir en grupos sociales compitiendo por recursos escasos. Sin embargo, el tejido cerebral es energéticamente caro, y requiere casi un orden de magnitud más de energía por unidad de peso que la mayoría de los otros órganos del cuerpo. Por lo tanto, la alta proporción de energía asignada al tejido cerebral puede reducir las probabilidades de selección natural (supervivencia y éxito reproductivo de un animal) a pesar de la ventaja de ser más inteligente.



Como hemos visto, durante los periodos de absoluta inedia, el organismo humano reorganiza su metabolismo energético de modo tal que nuestro precioso cerebro funciona casi exclusivamente en base a los cuerpos cetónicos. Al mismo tiempo, reduce progresivamente la Tasa Metabólica Basal para minimizar el catabolismo de las reservas de grasa, proteína visceral y proteína muscular, al tiempo que activa el ancestral mecanismo de reciclaje proteico dentro de cada célula. Esto se verifica en todos los niveles –desde los tejidos del intestino y la piel, hasta los del corazón y el cerebro- para sostener la demanda energética de mantenerse con vida. A lo largo de los ayunos totales, el cerebro funciona de manera incluso más estable y fluida que cuando experimenta picos y valles de relativa hiper- o hipo-glucemia, en los periodos de alimentación abundante. Por la razón que fuere, el hecho es que el cerebro de los primates sí evolucionó a niveles increíbles de inteligencia. Como es evidente, a lo largo de los tormentosos millones de años de evolución que produjeron la especie humana, nuestros ancestros sufrieron intensas hambrunas, muchas, muchas veces. De hecho, la escasez de alimento parece ser la norma, no la excepción, en el mundo silvestre. ¿Cómo satisfacer entonces el hambre voraz de este precioso órgano durante los periodos de hambruna? Comparado con el resto del Reino Animal, el genus Homo enfrentó retos únicos en el sentido de que su supervivencia requería no solo la capacidad de soportar períodos prolongados de inanición y la simultánea preservación del tejido muscular para poder cazar o escapar con éxito, sino además, poder pensar. Debido a nuestra exagerada masa encefálica, requerimos un suministro continuo de combustible también durante el ayuno. Es innegable que, para esto, nuestra especie desarrolló una singular adaptación metabólica.


Ernesto Prieto Gratacós

Laboratorio de Ingeniería Biológica

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