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ELOGIO DE LA ROBUSTEZ.

En nuestro incosnciente, la redondez femenina se asocia a la fertilidad, y la potencia masculina se asocia a la anchura. Hasta hace pocas décadas, entre todos los pueblos de Asia, África y Oceanía, así como entre los inmigrantes de origen humilde establecidos en las Américas, la robustez se ha considerado un signo de bonanza, de éxito. No es de extrañar, dado que el hambre ha azotado a los humanos por milenios, y la gente pobre era usualmente muy delgada. Tras las hambrunas de la primera mitad del Siglo XX, con la eclosión económica de la post-guerra, acceder a la ansiada abundancia de alimentos fue cada vez más fácil. Antes de espantarte con la idea de la obesidad, considera que la capacidad de engullir grandes cantidades de comida recién cazada o recolectada, y engordar lo suficiente, fue una habilidad crucial de nuestros ancestros para sobrevivir los durísimos inviernos de la era glacial. Así, sufrir hambre, desnutrición y agotamiento, debilitaba el sistema inmune y propiciaba la mortalidad a corto plazo. Era mejor entonces –estadísticamente- ser capaz de engordar en los periodos de acceso a la nutrición. Imbricada también con la fertilidad, de lo profundo de nuestra memoria biológica surge además una apreciación por la voluptuosidad de las mujeres de carnes abundantes, y la potencia de los hombres robustos.

Fig.1 Considerados el epítome de la virilidad y la potencia, los luchadores Sumo (sumotori) disfrutan de la reverencia y la admiración de todo Japón. En esta foto, el formidable yokosuna -gran campeón- Asashoryu de Mongolia.


La paupérrima salud de las poblaciones pobres, y la suspensión del ciclo menstrual en muchachas muy magras, además del obvio enflaquecimiento que generan varias patologías (tuberculosis, cáncer, inmunodeficiencia, etc.), refuerza esta inconsciente satisfacción por una anatomía rellena. Incluso, una de las primeras recomendaciones para los acupunturistas en la Medicina Tradicional China era considerar si el paciente era rico o pobre, ya que los primeros sufrían enfermedades por exceso energético (plenitud), mientras que los infortunados tendían a sufrir patologías por deficiencia energética (vacío), las cuales deben tratarse de manera diferente. En mi consideración, la epidemia de diabesidad moderna tiene fundamentos metabólicos determinados por genes concretos -que conferían una ventaja evolutiva en eras de carestía- tanto como factores culturales inconscientes (ver Figuras. 1-3) y factores epigenéticos. Estos últimos son más cualitativos (qué se come) que cuantitativos (cuánto se come), pero el contexto funcional no puede ser obviado: nuestros cuerpos ya no se esfuerzan como antes. Es muy probable que haya también serios desequilibrios bacterianos en el microbioma propagándose en la población humana, así como disruptores hormonales en el ambiente, complicando aún más el cuadro. Nuestra gordura no puede por tanto achacarse enteramente a la gula. Debido a la correlación entre la hiperinsulinemia e inflamación típicas de la gordura visceral (IMC > 30 m2, con circunferencia de cintura > 102 cm) con la enfermedad cardiovascular, el cáncer, las enfermedades respiratorias complicadas en neumonía, las implicaciones del exceso de peso son enormes.

Fig.2 Objeto de innumerables análisis, la "venus de Wilendorf" encarna nuestra apreciación -profundamente enraizada en el inconsciente colectivo- por la fertilidad y potencia asociadas a la abundancia del cuerpo.



Aunque nos haya conferido una ventaja reproductiva, no debe haber confusión alguna: la obesidad es una enfermedad mortal. Conviene entonces entender que su solución requiere mejores directivas que solo “comer menos y hacer más ejercicio”, aunque ambas cosas sí hacen mucha falta. Considerándola como una patología, y no una mera indulgencia alimentaria, los terapeutas deben tratar a sus pacientes obesos sin prejuicios y de manera inteligente. La causa primaria de la epidemia de obesidad implica mecanismos metabólicos profundamente ligados a la filogénesis de nuestra especie.


Para complicar más la cuestión, existe todo un mosaico de patrones neurológicos y endócrinos muy llamativos en las personas con obesidad mórbida. Entre otras, se han descrito alteraciones de las vías aferentes vago-hipotalámicas, de hormonas intestinales (polipéptido insulinotrópico dependiente de la glucosa, el péptido similar al glucagón-1, el péptido YY), e incluso factores extraperitoneales (como la red neural perirrenal) todos los cuales exacerban la obesidad. Además de dar apoyo a nuestros congéneres con obesidad mórbida, nuestra misión complementaria no es tanto dilucidar los mecanismos metabólicos responsables de la obesidad, si bien esto es atractivo desde el punto de vista teórico, sino crear soluciones sencillas, efectivas y universalmente accesibles para todos los miembros de nuestra vapuleada especie.

Fig.3 Nuestra secreta admiración por la obesidad incluye una serie de costumbres tribales, como engordar a las jóvenes y a las mujeres para hacerlas más deseables. Esta costumbre se ha documentado en Afganistán, Fidji, Jamaica, Kuwait, Mauritania, Nauru, Samoa, Sudáfrica y Tonga. En Tahití se practicaba la costumbre del ha-apon, literalmente "engordar". para acercarse al modelo de belleza y fertilidad.