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FIN DE LA ERA GERMICIDA

  • Foto del escritor: Ernesto Prieto Gratacós
    Ernesto Prieto Gratacós
  • 8 ago
  • 4 min de lectura

El tramo final de la resistencia a los antibióticos está sucediendo a un ritmo exponencial acelerado. A la altura del 2020, una de cada seis infecciones bacterianas confirmadas en Terapia Intensiva no respondía en absoluto a los tratamientos habituales. El año pasado ya era una de cada cinco. Para que darte una idea de la magnitud del problema, te cuento que el último antibiótico realmente nuevo se creó en 1987. Según nuestro análisis matemático de decenas de fuentes epidemiológicas, en apenas catorce años más (±3) la Humanidad volverá a encontrarse en la situación que teníamos a principios del siglo XX: ninguna droga efectiva para tratar infecciones potencialmente mortales.



Dicho análisis está descrito en nuestra más reciente publicación científica anunciada ayer en el British Jounal of Medical and Healthcare Research, puedes leer allí el artículo original THE TWITLIGHT OF ANTIBIOTICS, o explorar las herramientas de epidemiología y cibernética que usamos en este sitio web especial: https://resistome.imhoit.com/ creado por mi colaborador -coautor del paper- y querido amigo, Julio A. Botto.



Por décadas hemos disfrutado del increíble efecto germicida de la penicilina, las tetraciclinas, las sulfas, las cefalosporinas, y decenas de otras drogas, pero la era de los antibióticos está llegando rápidamente a su fin.  Para decirlo de modo técnico, ocurrirá una transición epidemiológica inversa, lo que significa sencillamente que las infecciones volverán a ser, una vez más, la principal causa de muerte. La tuberculosis, la neumonía y la disentería volverán a ser las principales causas de infortunio humano, eclipsando al cáncer y a las enfermedades cardiovasculares. La práctica de la cirugía en su conjunto se verá gravemente afectada, los tratamientos dentales penderán de un hilo, y la quimioterapia y los trasplantes de órganos (que provocan inmunosupresión y dependen en gran medida de los antibióticos) se volverán aún más peligrosos. Sífilis, cólera e infecciones cutáneas severas se propagarán sin oposición entre la población.


Informes recientes revelan un descenso del 35 % en el ya escaso número de proyectos relacionados con los antibióticos de las grandes empresas farmacéuticas, en comparación con el inicio de esta década. Por diversas razones, entre ellas la falta de incentivos económicos, el campo de la farmacología ha permanecido bastante inactivo en este ámbito. Se trata de un fenómeno conocido como “el vacío de descubrimientos”. Una cartera de proyectos tan escasa resulta bastante inusual para la industria farmacéutica, perennemente ocupada en inventar nuevas categorías de enfermedades y fármacos rentables para tratarlas. Sea como fuere, la mayoría de las nuevas sustancias antimicrobianas no son más que derivados de clases más antiguas, a las que los microbios han tenido muchos millones de generaciones para adaptarse (el ciclo de vida de la Escherichia coli, por ejemplo, es de 20 minutos), lo que significa que los fármacos recién desarrollados son susceptibles a los mecanismos de resistencia existentes. Ya sea por un límite inherente de la farmacología o por falta de incentivo comercial, hecho es que, desde los años 80, no se ha aprobado para uso clínico ninguna clase de antibiótico claramente nueva (con una estructura química y un mecanismo verdaderamente novedoso).

Para el observador ocasional, la pregunta de por qué no se inventan nuevos antibióticos parece lógica, dado el aparente avance en otros campos de la ciencia y la tecnología. Pero las apariencias engañan. Las tecnologías de la aviación no han avanzado mucho desde la época del Concorde, mientras que la velocidad y la potencia de los automóviles de combustión interna alcanzaron su punto máximo hace décadas en las carreras de alta velocidad (Fórmula 1). Una vez que se realiza un descubrimiento trascendental, la tecnología avanza hasta cierto punto, para luego alcanzar una curva casi horizontal de nuevas mejoras (que se conoce como asíntota). Ahora que lo pienso, el descubrimiento de la posibilidad de dividir el átomo condujo rápidamente a la invención tanto de la bomba atómica (en 1945) como del reactor nuclear (en 1950), luego de la bomba de neutrones… y después, nada más en los últimos 80 años. Tal es la naturaleza del progreso tecnológico. En cuanto a los antibióticos, mi convicción es que la crisis se debe a que hemos llegado al tope de lo que esa clase de drogas podía dar (es decir, se ha llegado a un límite intrínseco), más que a obstáculos económicos o a una falta de esfuerzo científico. Como dije, todas las ramas de la ciencia y la técnica experimentan la misma curva de desarrollo explosivo y final estancamiento.


No sé cuántos médicos realmente se dan cuenta de la grave escasez de nuevos antibióticos eficaces contra bacterias gramnegativas resistentes, como Acinetobacter baumannii, o Pseudomonas aeruginosa. Tampoco del hecho de que los estafilococos o incluso bacterias comunes que habitan en el intestino están por volverse del todo resistentes. Para sortear este escollo, varios laboratorios de todo el mundo están buscando, más allá de los antibióticos tradicionales, nuevas estrategias, entre las que se incluyen la terapia con fagos —es decir, la introducción de virus que matan específicamente a las bacterias—, los péptidos antimicrobianos que alteran las membranas bacterianas y, por supuesto, la esperanza de que, de alguna manera, los descubrimientos impulsados por la inteligencia artificial den lugar al diseño de nuevas moléculas germicidas.


Desarrollar un nuevo fármaco, ya sea un antibiótico o de otro tipo, lleva entre 10 y 15 años y cuesta alrededor de mil millones de dólares, pero las empresas tienen dificultades para alcanzar el umbral de rentabilidad. A diferencia de los medicamentos para enfermedades convenientemente “crónicas” (diabetes, hipertensión, asma), los antibióticos se utilizan durante un periodo breve y están pensados como tratamiento de último recurso, lo que se traduce en bajos volúmenes de ventas. La competencia entre fármacos genéricos crea un escenario de “carrera hacia el fondo” donde los antibióticos nuevos y caros deben competir con medicamentos genéricos baratos e igualmente eficaces, lo que hace que la rentabilidad sea casi imposible.


Encontrar un compuesto que elimine bacterias sin ser horriblemente tóxico para los seres humanos es un tremendo desafío técnico. En cualquier caso, solo 1 de cada 30 candidatos a una nueva clase de antibióticos llega al mercado. Debido a la escasa rentabilidad, la mayoría de las grandes empresas farmacéuticas han abandonado la investigación en antibióticos, dejándola en manos de empresas más pequeñas que, a menudo, acaban en quiebra en el proceso.


En el próximo blog puedes leer la versión en Español de nuestro artículo científico.

 
 
 

5 comentarios


reiale78
hace 5 días

Como lo ha sido durante la historia de la humanidad , el ser humano encontrará la forma de sortear esta dificultad con algun costo inevitable pero la capacidad de supervivencia pareciera que es invencible . Ojalá así sea si llega ese momento.

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Soldeplata Saketos
Soldeplata Saketos
09 ago

La solución está ya en el propio artículo: inventar un antibiótico que salve de la infección y que a la vez provoque una enfermedad crónica (como efecto colateral). De esta manera, salvaremos vidas y se cronificarán nuevas enfermedades gestadas en laboratorio.


Genial!

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medicinaydocencia
09 ago

Es preocupante el escenario que se avecina. Estoy esperanzado con nuevas estrategias en el próximo congreso del mes de octubre.. Saludos tío Ernesto!.

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Gustavo Espinosa
Gustavo Espinosa
09 ago

Quizá ahora no sea rentable, pero cuando aparezca la necesidad urgente contabilizada en mayores muertes por esta falta de efectividad antibiotica entonces el desarrollo de nuevos fármacos se volverá nuevamente rentable.

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Anita Vichi
08 ago

Se encuentra lo que se busca, PERO SE BUSCA LO QUE SE SABE.... Cuando la ciencia deje de mirar en el cono de luz del método, entonces quizá, descubramos algo nuevo. GRACIAS MILES POR COMPARTIR, QUERIDO ERNESTO

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