VACAS, VAQUERAS, VACUNAS

La osada y extraordinaria idea de lograr inmunización contra un patógeno, inoculando a organismos sanos una versión atenuada del patógeno mismo, trajo importantes mejores para la salud de la comunidad humana. Una observación, hecha por Edward Jenner alrededor de 1780, de que las mujeres que ordeñaban a las vacas parecían no contraer la viruela, lo llevó a una reflexión jamás antes realizada en Occidente: La exposición a una especie de viruela menos agresiva, muy típica de las vacas (un primo-hermano benigno del virus de la viruela humana), entrenaba de algún modo al organismo a resistir luego la viruela verdadera. En el Siglo XVIII, el virus de la viruela mataba millones de europeos por año, enteramente cubiertos de pústulas supurantes, en medio de terribles sufrimientos. Aquellos que sobrevivían exhibían de por vida decenas de pequeñas cicatrices circulares. Se calcula que las epidemias de viruela terminaban matando al 10% de la población, lo que permite considerar que tal vez Jenner ha sido la persona que más vidas humanas ha salvado, por un inmenso margen.


Unos siglos antes, los ingeniosos médicos chinos ya habían concebido una técnica de protección contra la viruela (Variola) consistente en insuflar por la nariz de las personas sanas un extracto seco de postillas de viruela verdadera, obtenida antes de un paciente con la enfermedad activa. La práctica de la variolación que así se llamaba, fue llevada a India y el Medio Oriente por comerciantes y médicos viajeros, e introducida más tarde desde Constantinopla a Inglaterra por Lady Mary Wortley Montagu (1). Si bien contribuyó a salvar cientos de miles de vidas, la variolación tenía una eficacia limitada en proteger de la enfermedad salvaje (~20%) y podía inducir en algunos casos –si su preparación era inadecuada- una manifestación intensa de la enfermedad misma (2).


Muchos años antes de que comenzara su educación como zoólogo y cirujano, Edward Jenner, había sido inoculado con el remedio oriental de la variolación, evento al que el mismo atribuía su inmunidad personal. Ya en su madurez, la línea de razonamiento que condujo a la técnica de las “inoculaciones vacunas” –es decir, provenientes de las vacas- partió de dos observaciones cruciales:

La variolación es mucho menos letal que la viruela salvaje, pero la viruela vacuna es aún menos peligrosa que la variolación. Razonando al respecto, Jenner se planteó la siguiente hipótesis lógica: Si la persona es expuesta a la viruela vacuna, adquirirá entonces inmunidad contra la viruela salvaje, Los sucesivos experimentos que realizó le llevaron a obtener pruebas empíricas de su hipótesis, consistente en que la inmunidad a la viruela salvaje se podía inducir de forma mucho mas segura que mediante la variolación, resultando de ello su irrefutable tesis siguiente. Si al efectuar una variolación después de haber inoculado a la persona con la viruela vacuna ello no produce una infección por viruela... se ha logrado inmunidad a la viruela!


Comenzando con su célebre sujeto experimental, el pequeño James Phips, hijo de su jardinero, Jenner probó con éxito su hipótesis en 23 sujetos adicionales, voluntarios sanos todos ellos. A medida que la investigación progresó, Jenner remitió formalmente sus hallazgos a la Royal Society of London (de la cual era miembro), que decidió… no publicar su ensayo científico inicial. Tras ulteriores revisiones y ensayos, se tomó la decisión de publicar dichos hallazgos sobre estos 23 casos, incluyendo el infante Robert Jenner, de 11 meses, hijo del propio Edward. Más allá de su carisma y su autoridad intelectual, que le permitieron imponer su buen criterio, la extraordinaria contribución de Jenner no fue en sí la inoculación de decenas de personas con viruela vacuna, sino la ulterior demostración -mediante exposiciones al patógeno- de que dichas personas eran ya efectivamente inmunes a la viruela salvaje. Nació así el término “vacunación” subsecuentemente referido a toda material o forma de inoculación –proviniera o no de una vaca- con fines de fortalecimiento inmunológico.



Tuberculosis, cáncer y… otra vez vacas?


El próximo hito importante en nuestra comprensión de la inmunidad y en el progreso hacia un dominio más amplio de las enfermedades infecciosas fue la introducción del Bacillus Calmette-Gérin, una forma mucho menos virulenta de la germen Mycobacterium tuberculosis, como inmunización en humanos. Tras el éxito de la vacunación en la prevención de la viruela, establecida durante el siglo XVIII, los científicos, los médicos y los boticarios intentaron replicar el procedimiento en la tuberculosis trazando un paralelo entre la tuberculosis bovina y la viruela vacuna. Al mismo tiempo, un doctor llamado William Coley había observado que las personas con cáncer que contraían infecciones bacterianas a menudo experimentaban -si sobrevivían a los gérmenes- importantes remisiones tumorales. Con más ilusiones que evidencia, se formuló la hipótesis de que la infección por tuberculosis bovina podría quizá proteger contra la infección por tuberculosis humana. Hacia 1890, en Italia, se llevaron a cabo ensayos clínicos con Mycobacterium bovis… cuyos resultados fueron catastróficos, dejando ver que la M. bovis era tan invasiva y destructora para los pulmones como la M. tuberculosis.


En 1908, el bacteriólogo Albert Calmette, y un brillante veterinario llamado Camille Guérin, observaron en el Institut Pasteur de Lille que un caldo de cultivo muy específico hecho de glicerina, bilis y patata producía bacilos de tuberculosis que resultaban menos patogénicos. Si bien su trabajo primario era la experimentación con diferentes medios de cultivo bacteriano, de inmediato cambiaron el curso de su investigación para ver si el subcultivo repetido produciría una cepa bacteriana lo suficientemente atenuada como para ser considerada una vacuna en humanos. Tras aislar y subcultivar 239 generaciones de dicha bacteria a lo largo de 13 años (en un medio de glicerina y patata), Calmette y Guerin se transfirieron al Instituto Pasteur de París con una cepa suficientemente atenuada y benigna como para no infectar a su hospedero humano pero sí estimular su inmunidad específica contra el bacilo original de la tuberculosis. La “vacuna” consistente en inyectar una cantidad específica del bacilo –ahora bautizado Calmette-Guérin- se utilizó por primera vez en humanos en 1921.


La aceptación pública fue paulatina, entre otras cosas porque en un accidente ocurrido en el laboratorio que elaboró un lote de vacunas, se produjo la contaminación de los viales con una cepa agresiva de la bacteria que se había almacenado en la misma incubadora. En el verano de 1930, en la ciudad Alemana de Lübeck, 240 lactantes fueron vacunados, casi todos los cuales desarrollaron tuberculosis. 72 niños murieron. Con el tiempo, los beneficios conjugados de las medidas de sanitización de albañales, la provisión de agua potable, las mejoras en la nutrición de la población y la optimización de las vacunas mismas, tanto las instituciones como la población fueron incorporando la idea de las vacunas como parte del armamentarium humano, en su milenaria guerra contra los gérmenes.


En un próximo blog, abordaremos la peliaguda cuestión de las vacunas conteniendo ARN recientemente aprobadas para combatir archifamoso COVID-19.


Ernesto Prieto Gratacós

Laboratorio de Ingeniería Biológica

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