DIABETES, ESCORBUTO Y PATOLOGÍA VASCULAR.

La civilización humana ha pasado de la hambruna a la gordura en apenas seis generaciones. Tras 1.8 millones de años de carestía y constante lucha por la supervivencia, en la actual versión de la Humanidad más de la mitad de los ciudadanos de las urbes modernas están a la vez obesos y malnutridos (1). Hacia principios del siglo XX, se hizo ya evidente que una fracción de la población experimentaba glucosuria y sufría de obesidad. Fue así que, para cuando se abordó el trabajo de evaluar sistemáticamente a la población, tratando de determinar con ello un marco de referencia, se comenzaron a registrar glucemias relativamente elevadas en los ciudadanos aparentemente sanos. Esto es, elevadas en relación con el promedio de la glucemia de cazadores/forrajeros tradicionales, sin influencia de alimentos refinados de la época moderna. En las décadas de la post-guerra, tras sucesivas revisiones se fue estableciendo entonces el actual rango de referencia “normal” para la glucemia del humano adulto…

Fig.1 Para cuando nos dimos cuenta que algo andaba mal y emprendimos la pesquisa epidemiológica en torno a los niveles de azúcar en sangre, ya gran parte de la población urbana -en particular las numerosas familias de inmigrantes que tenían acceso a calorías baratas y abundantes (pan, papa, maíz, arroz)- vivía ya bajo el predominio de la glucosis continua. Esto produjo un sesgo en la captura de datos sobre glucosa sanguínea, cuyo resultado fue la normalización de la hiperglucemia.


Dejando de lado el hecho de que los niveles de glucosa en sangre han demostrado ser un indicador predictivo poco confiable (la insulinemia y la hg1ac o hemoglobina glicosilada son diez veces mejores como parámetros de salud metabólica y predictores de patología degenerativa), los valores de referencia actuales son demasiado permisivos. Quedamos tranquilos cuando el análisis de laboratorio registra cifras normales... pero, ¿es sana la glucemia matutina normal (80-120 mg/dL)? De acuerdo con este modelo, estarían igualmente a salvo quienes tienen glucemia de 81 mg/dL y quienes tienen glucemia de 119 mg/dL… pero toda la evidencia indica lo contrario.

Una noción fundamental debe introducirse en el pensamiento médico contemporáneo y, ciertamente, en la comprensión del público en general: el parámetro glucémico o definición misma de diabetes, es incorrecto. Estamos aceptando como paradigma de "glucemia correcta" al segmento central de la distribución normal estándar obtenida de los datos de la población urbana aparentemente sana, es decir, un rango entre 80 y 120 miligramos por decilitro (mg/dL), y considerando a este rango como sano. Ello implicaría que es sano encontrarse dentro de 1 SD (desviación estándar) de la media glucémica de la población, o sea, ~68% de los habitantes de las ciudades), cuando la realidad es exactamente opuesta: dos tercios de la población padecen obesidad, hiperinsulinemia, inflamación crónica y deterioro arterial (3). Dichos factores crean las condiciones perfectas para las principales causas de muerte modernas: infartos, cáncer y ACV.


Nuestra experiencia en antropología médica de terreno con cazadores de las etnias Inuit y Yupik en el Ártico canadiense, así como con los Q´om y los Corcegos, nos ha demostrado que todos los miembros del genus Homo[1], y en particular nuestra especie, sapiens, operáramos óptimamente hasta hace muy poco en condiciones análogas a las originarias. Vivir de acuerdo a las condiciones paleolíticas (o al menos neolíticas tempranas) de existencia implicaba una constante labor física, alimentos de muy bajo Índice Glucémico y frecuentes ayunos. Para el cazador/forrajero, las condiciones prevalentes durante el Último Periodo Glacial (UPG) entre el 115,000 a.e.c. y el 11,700 a.e.c., fueron extremadamente duras. En lo que a la glucemia se refiere, estas condiciones generaban un rango glucémico de entre 45 y 88 mg/dL (con una media de 63 mg/dL) (2), acompañado de una intensa circulación sanguínea que garantizaba una alta perfusión de oxígeno. Fue precisamente bajo dichas condiciones extremas de esfuerzo, hambruna y festines carnívoros que se produjo lo que hemos definido como la forja del genoma humano. Cualquier medida de glucemia matutina superior a 90, o incluso a 80, debe pues ser considerada como una condición de diabetes subclínica. El problema con el set de datos de la población urbana moderna que se utiliza en todos los estudios metabólicos actuales es lo que denominamos el sesgo post-industrial de la población testeada. Para cuando se empezó a testar sistemáticamente la glucemia de la población en los países industrializados (circa 1950), ya hacía mucho que se había distorsionado el patrón metabólico del cazador/forrajero. Este patrón metabólico del hombre paleolítico es el único congruente con nuestro genotipo, porque las intensas presiones evolutivas que forjaron al genoma humano tuvieron lugar precisamente bajo condiciones extremas de carestía alimenticia y esfuerzo físico, ineludibles a lo largo de los últimos 115,000 años del UPG.

Fig.2 Sin sobrealimentación y con trabajo vigoroso, los humanos modernos también pueden escapar del síndrome metabólico. La diferencia con nuestros ancestros es, por supuesto, la abismal diferencia en calidad (músculos/órganos vs almidones) de la dieta.


Individuos como los pescadores mediterráneos, los pastores Masai o los leñadores de principios del Siglo XX -y no sedentarios oficinistas- deben ser el patrón metabólico de la especie humana. En tiempos recientes, hemos decidido considerar las glucemias matutinas superiores a 130 mg/dL como francamente patológicas. Pero para cuando esta hiperglucemia finalmente se manifiesta, la persona ya ha estado expuesta a grandes cantidades de glucosa circulante durante años… Esto se debe entre otras cosas al error metodológico de considerar la glucemia en lugar de la insulinemia como indicador predictivo de la salud metabólica humana. Más allá de esto, en lo que a la glucemia genuinamente saludable se refiere, dado que su marco de referencia es la población sedentaria y obesa de las ciudades, la definición de diabetes es incorrecta. En otras palabras, tener resistencia insulínica no es hoy una excepción, sino la norma.


El error consistió en tomar como sana la distribución normal estándar de la población de las ciudades modernas (80---120 mg/dL). El término “normal”, es un vocablo estadístico que describe la mayor ocurrencia de un grupo de datos. Aplicado a un set de datos estadísticos, el término “normal” no es sinónimo de bueno u óptimo, sino de “más frecuente”.

[1] Las demás sub-especies del genus Homo están hoy extintas.


(continuará...)


Ernesto Prieto Gratacós

Laboratorio de Ingeniería Biológica

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