EL SONIDO Y LA FURIA

Daño neuronal, endocrino y cardíaco de la polución sonora y los ruidos intensos.


El continuo estruendo urbano e industrial no es únicamente molesto... es directamente nocivo para el cerebro. La exposición prolongada a bocinazos, alarmas, sirenas, motores, martillos neumáticos, traqueteos de trenes, turbinas de aviones, música estruendosa, etc., aparte de ser una fuente de molestias, también puede tener un impacto significativo en la salud. La continua contaminación sonora puede llegar al punto de desincronizar nuestro ritmo cardíaco (1). El latido cardíaco irregular, la pérdida del ritmo o tempo del corazón, técnicamente denominada fibrilación auricular, puede provocar coágulos de sangre, insuficiencia cardíaca e incluso derrames cerebrales. Considerar aunque sea brevemente el sistema de impulsos bioeléctricos que imparte su ritmo al músculo cardíaco permite comprender cuán dañina puede ser su disrupción. Cualquier cosa que pueda crear agitación, irritación o cambios bruscos en la presión arterial mientras se está en reposo, puede desencadenar una fibrilación. No es de extrañar que los continuos sobresaltos generados por ruidos irritantes, o el estruendo en general, pueda desencadenar este efecto de dislocación en el sistema cardiovascular.


Existe ya suficiente evidencia científica sobre el nefasto impacto de la exposición prolongada al ruido, y se estima que no es solo la intensidad de este, sino los sonidos no naturales en sí mismos los que perturban (2). El fragor de la caída de agua en una catarata, por ejemplo, aunque sea intenso, no nos altera. En cambio, la naturaleza alarmante de los sonidos artificiales dispara respuestas neuro-hormonales, aun cuando se los escucha durante el sueño. Parte de nuestro diseño evolutivo consiste en mantener una constante escucha para detectar potenciales peligros, de modo que los humanos prestamos atención prioritariamente a cierta clase de sonidos inquietantes (escucha selectiva) con independencia de su volumen. Por eso, durante un sueño profundo -incluso tras gran agotamiento- una porción del cerebro sigue escuchando atenta. El simple hecho de que el tráfico urbano se enardezca a una cuadra de nuestra ventana induce la secreción de cortisol (hormona del estado de alerta) incluso sin llegar a despertarnos.



No es difícil darse cuenta de que la audición se afecta tras estar sometidos a un gran estruendo, pero es instructivo entender cómo sucede. La exposición a ruidos fuertes, involuntaria o no, puede destruir las células ciliadas del interior del órgano auditivo. Unas 10,000 de estas células de nuestros oídos son responsables de convertir cada onda mecánica que estremece el aire en señales eléctricas, con las cuales el cerebro construye nuestra percepción de sonido. La transferencia de esas señales nerviosas a los centros de audición en el cerebro nos permite apreciar preferencialmente sonidos de interés, el habla de un familiar o cierta música, mientras minimizamos la percepción otros sonidos irrelevantes. Las señales sonoras que no son de interés se denominan ruido de fondo. La reiterada exposición a tantos ruidos inarmónicos fuertes daña las células ciliadas en la cóclea (cavidad espiral del oído interno), lo que termina generando una pérdida de audición[1] para sonidos de alta frecuencia. La exposición prolongada o repetida a sonidos de 85 decibeles o más (piense en el tráfico pesado de la ciudad) puede provocar lo que se denomina pérdida auditiva inducida por ruido. Pero, como decimos, los ruidos fuertes llegan a lastimar algo más que los oídos mismos, ya que dañan delicadas terminaciones nerviosas, llegando a causar reacciones inflamatorias dentro del propio cerebro. Como resultado, el torrente de estímulos auditivos desordenados a que estamos expuestos contribuye al deterioro cognitivo y la demencia.


Poco ruido y muchas nueces.


Nuestra exposición continua al ruido, aceptada como la nueva norma a fuerza de costumbre, es notablemente perturbadora para las neuronas, ya sin ello bastante sensibles a múltiples agresiones ambientales. Paralelamente, el abuso de los aceites poli-insaturados en la dieta contemporánea estándar (aceites baratos de soja, maíz o maní, tan corruptibles por oxidación), causa daño a las membranas de las células nerviosas, muy sensibles a la peroxidación lipídica. Por su estructura misma, los ácidos grasos poli-insaturados son sumamente sensibles a ciertos subproductos del oxígeno –las especies reactivas o “radicales libres”- que se ligan a las grasas, causando la tan dañina peroxidación lipídica (nombre técnico del proceso que hace que la grasa se ponga rancia).


Si bien nuestra atención se ha centrado recientemente en los daños ocasionados al cerebro por la falta de sueño, traumatismos craneanos, intoxicación por metales pesados y otras agresiones, los ruidos de intensidad superior a 60 decibeles (dB) son también un estresor permanente para los humanos en las ciudades. La exposición prolongada al ruido intenso tiene también demostrados efectos nocivos sobre el sistema endocrino, el control bioeléctrico de la función cardíaca como ya dijimos, y puede inducir desórdenes neuropsiquiátricos. El ruido intenso perturba no solo el tejido neuronal y sus mensajeros químicos (neurotransmisores) sino también la información genética de las células cerebrales de ciertas áreas. La exposición sostenida al ruido causa impacto inmediato en el ADN, así como alteraciones histoquímicas que duran mucho tiempo, generando efectos neuropsiquiátricos como ansiedad, irritabilidad, depresión y paranoia.

Tres sencillas medidas contribuyen a paliar el impacto dañino de la polución sonora en el cerebro:

  1. Disminuir todo lo posible el ruido a que nos exponemos (para esto podemos evitar conscientemente el estruendo que nosotros mismos generamos, es decir, aquel que está bajo nuestro control, y al mismo tiempo podemos usar audífonos cobertores o discretos tapones para aislarnos del urbano o industrial).

  2. Incluir gran cantidad de ácidos grasos contenidos en ciertas semillas (específicamente pistachos, sésamo y nueces -Juglans regia-).

  3. Incorporar a diario antioxidantes liposolubles (solubles en grasa) como las vitaminas A, E y el Ácido Lipóico para proteger las membranas neuronales.

[1] En particular, en aquellos idiomas con mayoría de las consonantes –que requieren una audición de alta frecuencia para ser captadas- lo cual tiene un impacto significativo en la capacidad para comprender conversaciones.



Ernesto Prieto Gratacós Laboratorio de Ingeniería Biológica Licencia Creative Commons Atribución -NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional


REFERENCIAS:


Loud Noise Exposure Produces DNA, Neurotransmitter and Morphological Damage within Specific Brain Areas. Giada Frenzilli,1,* Larisa Ryskalin,2,* Michela Ferrucci Front Neuroanat. 2017 Length of occupational noise exposure and blood pressure. Lang T, Fouriaud C, Jacquinet-Salord MC Int Arch Occup Environ Health.


Effects of loud noise exposure on DNA integrity in rat adrenal gland. Frenzilli G1, Lenzi P, Scarcelli V, Fornai F, Pellegrini A, Soldani P, Paparelli A, Nigro M. Environ Health

Loud noise enhances nigrostriatal dopamine toxicity induced by MDMA in mice. Gesi M1, Ferrucci M, Giusiani M, Lenzi P, Lazzeri G, Alessandrì MG, Salvadorini A, Fulceri F, Pellegrini A, Fornai F, Paparelli A. Microsc Res Tech.


The Effect of Noise Exposure on Cognitive Performance and Brain Activity Patterns.

Mohammad Javad Jafari, Reza Khosrowabadi, Soheila Khodakarim, Farough Mohammadian. Open Access Maced J Med Sci. 2019


Hearing Impairment Affects Dementia Incidence. An Analysis Based on Longitudinal Health Claims Data in Germany. Thomas Fritze, Stefan Teipel, et al. PLOS ONE

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