LA MOLÉCULA INCORRECTA.

Actualizado: ago 4

Tu gripe no se debe a una deficiencia de antibióticos en sangre, ni tu falta de vitalidad se debe a una falta de anfetaminas. Tampoco tu hipertensión se originó por falta de betabloqueantes o diuréticos, ni tu insomnio proviene de un déficit de diazepam. Nuestro organismo es sencillamente increíble en su inteligencia regenerativa, su capacidad para adaptarse y restablecer el equilibrio… siempre que cuente con abundancia de los imprescindibles nutrientes, incluyendo el oxígeno. Pero he aquí que, aunque nos sobra comida, nos faltan alimentos. La exuberante paradoja contemporánea es que estamos simultáneamente obesos y malnutridos. Por otra parte, en los dos últimos siglos, venimos tragando e inhalando una creciente lista de toxinas industriales. Una explotación adecuada de la máquina humana requiere además –como cualquier otra máquina compleja- ciertas condiciones propicias: trabajo físico frecuente, sueño REM, luz solar y contacto personal son requerimientos específicos para la correcta expresión de nuestro diseño genómico. Desde su remoto inicio hace unos 120.000 años, nunca ha tenido nuestra especie tanta abundancia y desarrollo tecnológico como ahora, pero las enfermedades degenerativas avanzan en exponencial aumento. Somos lo suficientemente ricos y sabemos tanto como para diseñar una estupenda salud y, sin embargo, la mitad de los adultos consume al menos una droga farmacológica a diario. Sin contar el creciente uso de estupefacientes, analgésicos opiáceos y drogas recreacionales duras, la mala costumbre de medicar constantemente los síntomas de cada desorden fisiológico –en lugar de resolver en su origen las deficiencias o desbalances orgánicos- ha convertido nuestra existencia en una pesadilla farmacológica.

De acuerdo con la red norteamericana de Centros para el Control de Enfermedades (CDC), el 48,6% de las personas –incluyendo niños y adolescentes- usan al menos una droga de prescripción, el 24% usa tres o más, y el 13% usa cinco o más (1). La diabetes, la obesidad, la demencia, el estrés, el agotamiento y la depresión crecen rampantes, mientras que la verdadera salud se nos escapa, serpenteando, entre píldoras, pomadas e inyecciones.

Fig.1 Sin contar el creciente uso de estupefacientes, analgésicos opiáceos y drogas recreacionales duras, la mala costumbre de medicar constantemente los síntomas de cada desorden fisiológico ha convertido nuestra existencia en una pesadilla farmacológica.


A guisa de aclaración, no solo no tengo nada en contra de la farmacología experimental sino que, por el contrario, me encantan las moléculas sofisticadas. Desde que tengo uso de razón me han fascinado las sustancias curativas, los cognotrópicos, las misteriosas recetas medicinales chinas, en suma, los remedios -farmacológicos o alquímicos- descubiertos en la Naturaleza o diseñados por el Hombre. Pero sucede que, desde la perspectiva clínica, los fármacos sintéticos ajenos al organismo (xenobióticos) solo controlan el síntoma, no la patología en sí. Es así que la práctica médica gravita hacia el uso de anti-histamínicos, anti-inflamatorios, anti-piréticos, anti-bióticos, anti-álgicos, anti-glucémicos, etc., y presta poca o ninguna atención a las profundas deficiencias o excesos de las moléculas naturalmente presentes en el organismo. Más allá de que no solucionan el origen profundo o causa primaria de la enfermedad, el problema de los xenobióticos es que, por más específicos que pretendan ser, inexorablemente causan efectos colaterales –esto es, tienen sobre el organismo acciones no deseadas. Irónicamente, esta acumulación de efectos colaterales dañinos es a su vez tratada con nuevos fármacos xenobióticos… perpetuando el general desequilibrio.


Si bien puede ser de inmensa ayuda contar con efectores farmacológicos poderosos, cuyo empleo oportuno salva vidas a diario en hospitales del todo el mundo, en lo que a las enfermedades de la civilización se refiere –cáncer, infartos cardiacos/cerebrales, diabetes, demencia- la verdadera solución no está en estas lucrativas drogas farmacológicas. La salud depende más bien de las sustancias que evolucionaron originalmente con (y dentro de) nuestro organismo, en el extremo opuesto del espectro bioquímico. A dichas sustancias, (como la vitamina D) que han co-evolucionado con los vertebrados, los animales superiores y finalmente los primates por millones de años, y para las cuales nuestras células poseen receptores de membrana, hemos propuesto llamarles autobióticos. Los aminoácidos, vitaminas, ácidos grasos y oligoelementos tienen en nosotros una acción virtualmente perfecta, y su efecto a menudo es pleiotrópico, que es solo un modo elegante de decir que ejercen varios efectos útiles simultáneamente. La razón por la que estos no son vigorosamente anunciados por la industria farmacéutica, ni prescritos por la facción más ortodoxa de la profesión médica, es sencillamente que no son patentables… por lo cual tampoco son rentables.

Fig.2 Seis categorías de nutrientes (agua, proteínas, minerales, lípidos, vitaminas y oxígeno) son esenciales para la existencia de nuestro organismo. Si bien la medicina ortodoxa aún no alcanza a verlo en profundidad, los primeros "fármacos" que deben considerarse en el tratamiento de las enfermedades son precisamente estas moléculas nutricionales.


La farmacología comienza en la nutrición.

Si imaginamos una barra horizontal que describe todas las sustancias orgánicas y compuestos químicos que conforman al organismo, desde hormonas, neurotransmisores, jugos gástricos y enzimas, así como las moléculas que ingresan en la dieta o la respiración (agua, proteínas, carbohidratos, vitaminas, minerales, grasas y oxígeno) hasta los condimentos, preservantes, colorantes, drogas recreacionales, tabaco y medicamentos sintéticos, habremos conformado el “espectro bioquímico” de nuestra especie. En el extremo izquierdo del espectro ubicamos a las moléculas totalmente naturales, en tanto que en el extremo opuesto ubicamos los xenobióticos. Tomadas en su conjunto, estas moléculas, y sus interacciones con nuestras células y órganos, constituyen el campo inicial de estudio de la bioquímica y la farmacología. Hace ya seis o siete décadas que se sabe con certeza que “variar las concentraciones de las moléculas normalmente presentes en el medio interno permite controlar el funcionamiento orgánico” (2). Este es precisamente la premisa central del abordaje descrito inicialmente por Linus Pauling, Abraham Hoffer, Otto Warburg, Albert Szent-Gyorgi y Bruce Ames, y luego muchos otros investigadores contemporáneos, incluyendo el autor de este blog (descargar mis artículos científicos).


Varias decenas de patologías humanas tienen su verdadera causa primaria en deficiencias o excesos de enzimas, hormonas y neurotransmisores (todos los cuales se sintetizan con nutrilitos, es decir, metabolitos nutricionales). Las primeras y más importantes moléculas a comprender (cuya abundancia y calidad determina la salud), deberían ser pues las moléculas nutricionales, en particular aquellas que no podemos sintetizar interiormente y deben ser inevitablemente ingeridas o inhaladas. Agrupadas en seis categorías concretas -Agua, Proteínas, Grasas, Vitaminas, Minerales y Oxígeno (la vitamina invisible)- la lista de sustancias fundamentales para la vida humana y que por fuerza deben incorporarse es la siguiente:


AGUA: Debido a su peculiar configuración atómica (di-polo) el agua es el solvente universal, indispensable para la vida. Mantenerse hidratado es en verdad crucial. El agua es absolutamente esencial para la supervivencia, constituyendo hasta el 60% del organismo humano adulto en reposo. Unos días de reducción drástica de agua pueden provocar enfermedades graves e incluso la muerte. Desde la eliminación de desechos y la regulación de la temperatura, hasta la difusión de moléculas y oxígeno, es un elemento esencial de cada célula.


¿Acaso son los CARBOHIDRATOS un nutriente esencial? Técnicamente, no. Dado que sí podemos fabricar glucosa en el hígado (y en mucho menor medida en los riñones), no podemos en rigor considerar los carbohidratos como esenciales. Varias naciones originarias de cazadores/forrajeros vivieron por milenios sin comer carbohidratos ni una sola vez. Esta capacidad intrínseca de nuestro organismo se conoce como síntesis de novo de la glucosa o gluconeogénesis. El rol ordinario de los hidratos de carbono ingeridos (almidón, fructosa, etc.) es descomponerse en azúcares simples y servir como fuente de energía. Ya sea que se incorpore con la alimentación, o que la fabrique nuestro propio hígado, los carbohidratos son esenciales para el correcto funcionamiento del cuerpo. Aun en el caso de la extrema dieta carnicrudívora de los pueblos del Ártico, la glucemia nunca es inferior a 50 mg/dL. Los carbohidratos se descomponen en glucosa, que es uno de los dos combustibles esenciales de los animales superiores. En ausencia de otras fuentes energéticas, los carbohidratos ingeridos también garantizan que el cuerpo no desmantele las proteínas estructurales (músculos y órganos) para obtener energía, evitando la pérdida de tejidos vitales.


Continuará en el próximo artículo….

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