LEUCOCITOS, INTERFERONES Y LA GRIPE DE WUHAN

Actualizado: feb 14

Cada año, o más exactamente, cada temporada invernal de influenza, se genera un nuevo brote de infecciones respiratorias virales. Considerando la mortalidad por toda causa, y en comparación con el promedio de las muertes anuales por infecciones respiratorias, la pandemia de coronavirus SARS COV 2 causó en 2020 una mortalidad real aproximada 31% peor que de costumbre (1-3). Ni siquiera cerca del escenario apocalíptico anunciado. Cada año aparecerán nuevas variantes de los virus tradicionales y, cada cierto número de años, otro novel próximovirus. Como siempre, en cada década algunos años traerán mortalidades más bajas (incrementándose así el número de personas susceptibles) los cuales estarán seguidos por una temporada gripal más fuerte, debida al “efecto de cosecha” o harvesting. Este fenómeno, descrito por los epidemiólogos hace ya tiempo, pero nunca antes vociferado dia a dia en todos los medios de comunicacion, es la observación de que una sucesión de temporadas de virulencia inusualmente baja, es siempre seguida por una temporada viral mucho mas alta que se propaga entre todos los individuos propensos y ya debilitados (4). Tal fue el caso de los años 2018 y 2019, con temporadas gripales bajas, seguidas de la llegada de un primo lejano de la familia coronaviridae. ¿Qué haremos pues en la próxima pandemia? El enfocarnos únicamente en el patógeno y olvidar por completo nuestro maravilloso Sistema Inmune ha traído resultados desastrosos en otras áreas de la salud, cuya reparación tomará una década. Cerrar nuevamente la economía por un año, y aterrorizar-deprimir-desnutrir a la población, causará siempre más destrozos en la salud pública y más muertes -por un factor de 10- que la gripe de turno, por más severa que esta sea.


Desarrollado a lo largo de 600 millones de años, nuestro Sistema Inmune consta de un verdadero ejército de macrófagos, células dendríticas, neutrófilos, linfocitos, etc. capaces de generar interferones, anticuerpos y otras sustancias germicidas, con un sofisticado sistema de señales (citoquinas), y capaces de detectar, bloquear y devorar toda clase de patógenos invasores. En el caso de los virus que atacan al sistema respiratorio, los interferones y anticuerpos combaten directamente a las partículas virales circulantes, mientras que los linfocitos T destruyen a las células ya infectadas por el virus.


600 millones de años de Evolución no pueden estar equivocados. Nuestro organismo cuenta con una sofisticada y poderosa flota, con armas químicas más que capaces de destruir virus, hongos y bacterias. Solamente en los últimos 300.000 años (que incluyen la Cuarta Glaciación) la especie humana enfrentó y derrotó cientos de miles de veces a centenares de especies de gérmenes patógenos, incluyendo sus mas variadas cepas mutantes. En el caso de los organismos unicelulares el registro molecular de cada una de esas victorias contra los virus viaja con ellos a todas partes, ya que se encuentra insertado dentro de su propio genoma, en sitios especiales conocidos como secuencias CRISPR. Para las bacterias, trenzadas en continua guerra contra los virus desde hace millones de años, las secuencias CRISPR (repeticiones palindrómicas agrupadas e interespaciadas regularmente) son un auténtico archivo militar donde se guardan físicamente fragmentos de genoma viral que sirven como identificadores. CRISPR/CAS-9 constituye así un autentico sistema inmunitario bacteriano. Complejos y fascinantes como parecen, los mecanismos defensivos antivirales de los organismos unicelulares palidecen en comparación con los nuestros. Nuestro organismo ha evolucionado para tener sistemas cien veces más complejos, integrados y eficientes que el de las bacterias.


Por otra parte, la familia viral coronaviridae es cualquier cosa menos nueva para la especie humana. Los coronavirus han sido parte integral del viroma planetario eones antes de la aparición de Homo sapiens sapiens. Esta es la razón por la que una gran mayoría de las personas infectadas por SARS COV 2 experimenta apenas síntomas leves de resfrío, o bien experimenta una infección asintomática. Este fenómeno, conocido como reactividad cruzada o inmunidad cruzada es muy común en el caso de las numerosas variantes y subvariantes de los virus de influenza, y le permite al Sistema Inmune defenderse de una cepa mutante nueva sobre la base de su experiencia anterior con cepas de la misma familia.


Inmunidad innata e inmunidad adquirida


Una intensa e inteligente reacción defensiva se dispara de inmediato ante la presencia de un patógeno (en el caso de los virus (como influenza A, herpes, coronavirus, RSV, etc.) Dicha defensa se ha clasificado en dos etapas, una inmediata y genérica (la inmunidad innata), y otra secundaria y ultraespecífica (la inmunidad adquirida). Veamos ahora quién es quién en nuestro Sistema Inmune.


Todas las células sanguíneas -tanto rojas como blancas- se originan en nuestros “tuétanos” o médula ósea. La aparición del sistema circulatorio y la sangre fue un increíble avance evolutivo para los animales vertebrados (1). Este fascinante tejido líquido, en constante circulación por cada rincón de nuestro cuerpo, cumple una doble función: los eritrocitos transportan oxígeno y dióxido de carbono, mientras que los leucocitos detectan y destruyen gérmenes patógenos, cuerpos extraños y células defectuosas. En adición, la sangre distribuye nutrientes, remueve deshechos y transporta señales químicas que conectan todas las partes del organismo en un todo coherente. De todas las células blancas defensivas, los neutrófilos constituyen la fracción más grande engendrada por la médula ósea. Son nuestros "soldados de primera línea" en la defensa contra los gérmenes patógenos. Los neutrófilos son los primeros en desembarcar en el foco de una infección bacteriana, atraídos por "quimocinas", moléculas orgánicas que despiden nuestras propias células al ser dañadas por un microorganismo invasor o una toxina. Este proceso, llamado quimiotaxis, permite a las células del ejército inmunitario olfatear a distancia un foco infeccioso y pasar del torrente sanguíneo al tejido infectado.


Los neutrófilos devoran a todo germen patógeno que encuentran (proceso conocido como fagocitosis), y una vez que el microorganismo extraño está dentro suyo, este lo somete a un baño químico con poderosas enzimas destructivas. Por ello, los neutrófilos son precisamente el componente principal del pus. Cual soldados kamikaze en una guerra real, los neutrófilos tienen una vida intensa y corta, existiendo en promedio solo unas 8 horas, por lo que nuestro organismo debe producir unos 100 mil millones de estas células cada día. Tras “germinar” en la médula ósea a partir de células madre progenitoras, aproximadamente la mitad de estas células están apostadas a lo largo del endotelio vascular -el tapiz viviente que reviste los vasos sanguíneos- en tanto que la otra mitad se distribuye en los tejidos.


Fig.1-a Linfocitos T (en verde) infiltrando el tejido pulmonar. 1-b Células T defensivas, de enorme importancia en la segunda fase germicida de nuestro Sistema Inmune. Parte de la estrategia antimicrobiana de nuestros “soldados de primera línea” consiste en liberar citoquinas pirógeno-inflamatorias que simultáneamente alteran el locus infectado, limitándolo, mientras avisan al hipotálamo que debe subir la temperatura corporal a un rango germicida óptimo. Nutrientes + fiebre = Victoria!


Los interferones interfieren!


Los interferones (o IFN) son proteínas señalizadoras producidas por nuestras células en respuesta a una infección viral. Cuando se percibe el ataque de un patógeno, las células infectadas segregan estas peculiares proteínas para avisar a sus vecinas que se levanten en pie de guerra antiviral (2, 3.). Pertenecientes la vasta familia de las citoquinas, en los seres humanos hay 3 categorías de IFN, denominadas –con escasa creatividad- “tipo I”, “tipo II” y “tipo III”. Los interferones deben su nombre precisamente a que interfieren con la replicación viral, y se ha determinado que la activación insuficiente o inapropiada de la señalización por interferón contribuye a casos graves de infecciones por COVID-19 (4). Una activación insuficiente y tardía o bien demasiados interferones[1] como resultado de la supercompensación inducida por antipiréticos, podrían contribuir a casos graves e incluso letales.


Los IFN también tienen varias otras funciones: activan bioquímicamente a las células inmunitarias NK (Natural Killers) y los macrófagos; aumentando en general las defensas del hospedero al inducir la presentación de antígenos –un evento fundamental en que se transmite información biológica para instruir a las células T-. Los clásicos síntomas gripales de fiebre, dolor muscular, escalofríos, etc., también son causados ​​por la producción de IFN y otras citoquinas. Al ser segregados, los interferones no solo operan como señales sobre células cercanas (con receptor correspondiente), sino que a veces incluso las mismas células generadoras del interferón tienen dicho receptor. De este modo, los interferones pueden auto-estimular a las mismas células que los producen. Esto se llama bucle de alimentación progresiva (forward feedback loop) y permite que los interferones amplifiquen rápidamente la respuesta buscada.


Una liberación robusta de interferones puede parar en seco a una infección viral. De hecho, ciertos subtipos específicos de IFN-α se utilizan para tratar infecciones virales crónicas, como la hepatitis. El IFN-β se usa para tratar algunas enfermedades autoinmunes, como la esclerosis múltiple. El IFN-γ se usa para tratar un trastorno óseo y un síndrome de inmunodeficiencia. Por tanto, existen múltiples aplicaciones clínicas de los interferones, incluso en el tratamiento de enfermedades virales.

[1] Se han identificado más de veinte genes y sus correspondientes proteínas de IFN en vertebrados y primates, incluidos los humanos. Las tres clases de IFN son importantes para combatir las infecciones virales y para la activación y regulación del sistema inmunológico.

Continuará.....

1,145 vistas1 comentario

Entradas Recientes

Ver todo