MÚSCULOS, SANGRE Y ENERGÍA

Actualizado: abr 22


Una de las leyes generales discernibles en el mundo animal, es la del menor esfuerzo, lo cual tiene pleno sentido en términos de ahorrar energía para maximizar la supervivencia. Quizá por esto la mayoría de las personas suele aborrecer los esfuerzos, pero es un hecho que ninguna especie (salvo en tiempos recientes, la humana) puede proveerse de los nutrientes y las condiciones que necesita para subsistir, sin esfuerzos físicos diarios. En ciertos momentos, los esfuerzos requeridos son continuos y de bajo impacto; en otros, fuertes y breves. El hecho de que en el medio natural sean requeridos vigorosos esfuerzos diarios, está incluido en nuestro diseño genómico, y tiene una gran importancia en la preservación de las facultades mentales, la integridad orgánica y la potencia reproductiva. En “Efectos del hábito y del uso y desuso de los órganos; variación correlativa, herencia.” encontramos interesantes ejemplos de esto, reportados por Darwin. En el caso de los mamíferos, por otra parte, varios mecanismos de limpieza tales como la red de vasos linfáticos, el intestino, el hígado y los riñones e incluso los poros de la piel -nuestro tercer riñón- necesitan todos del ejercicio fuerte para su funcionamiento óptimo. También la eficacia de los sistemas circulatorio, nervioso y osteomioarticular está en relación directa con el trabajo mecánico. En otras palabras, la impronta ejercida por la selección natural sobre el diseño de la máquina animal, la ha hecho esfuerzo-dependiente. Nuestro genoma, y por ello nuestro diseño corporal, forjados en el transcurso de eones de evolución y selección natural, previó que la explotación o desempeño de nuestra máquina orgánica sucedería siempre en medio de condiciones medioambientales sumamente adversas, bajo constante demanda física.


Fig.1 Cazadores-forrajeros Hadza. A lo largo de centenares de miles de años, la diaria lucha física por la obtención de alimentos, de oportunidades para procrear, de refugio contra las inclemencias del tiempo, los predadores, etc. condicionó una curiosa adaptación: nuestro organismo solo funciona óptimamente si es sometido a demandas físicas periódicas.

Como consecuencia, varios sistemas higiénicos del cuerpo necesitan periódicamente una cuota de esfuerzos y presiones mecánicas, sin la cual no pueden funcionar adecuadamente. Algo semejante pasa con las piscinas de natación que, al estar sometidas a las presiones del terreno que las rodea, deben mantenerse llenas para evitar el colapso de sus paredes. Muchas otras fabricaciones del hombre se conservan más eficazmente en funcionamiento que inactivas. Esto se debe a que su diseño contempla las rudas condiciones en que van a ser utilizadas. En el caso del reino animal los recursos que se destinan a la síntesis de tejidos son muy valiosos para la economía corporal, de modo que solo al hacerse reiterados el organismo interpreta que esos esfuerzos (que sobrepasan nuestra actual capacidad instalada) son requeridos para la supervivencia en el medio exterior. Nuestro organismo desencadena entonces una cascada de reacciones denominada respuesta fisiológica de adaptación al ejercicio. Este complejo fenómeno, también conocido como supercompensación, es pues un antiquísimo mecanismo de adaptación en respuesta a estímulos ambientales y genera un incremento de la potencia y la eficiencia de la máquina animal.


¿Cuál es el beneficio de esta respuesta fisiológica de adaptación al ejercicio? Para comenzar, se ha establecido firmemente que la inactividad física o sedentarismo, aumenta el riesgo de sufrir varias enfermedades crónicas incluyendo el infarto –nuestro asesino número uno–, varias clases de cáncer, la diabetes tipo-2 y, por supuesto, la obesidad (1). Estas dos últimas tienen una profunda correlación, directa y proporcional, con el cáncer. Centenares de estudios documentan el impacto positivo del ejercicio sistemático en la longevidad humana (2). Aún en el caso de métodos de ejercitación bastante pobres, por ejemplo, caminar un par de kilómetros tres veces por semana, la evidencia sugiere que los individuos físicamente aptos viven de 3 a 5 años más, y tienen una mejor calidad de vida que las personas sedentarias (3). El ejercicio produce un aumento de la eficiencia respiratoria, reduce la grasa e incrementa la síntesis del músculo, mejorando el Índice de Masa Corporal (IMC), equilibra la presión arterial y mejora el perfil de las lipoproteínas sanguíneas (LDL, HDL), incrementa la densidad mineral ósea, mejora el ánimo y reduce el estrés, disminuye el déficit cognitivo que sobreviene con la edad y aumenta la libido, creando además una sensación de bienestar general. Por si todo esto no fuera ya impresionante, el entrenamiento físico fortalece además al sistema inmunitario y mejora dramáticamente el metabolismo de la glucosa y la sensibilidad a la insulina. Estos dos últimos factores están, como se verá, directamente relacionados con la longevidad (4).


Con respecto al entrenamiento hay que tener claro que entrenar para fortalecer la salud no es lo mismo que entrenar para ganar en un deporte. Desde este punto de vista, y aunque suene sorprendente, debe decirse que el deporte de alto rendimiento no es necesariamente bueno para la salud. El superatleta entrena al límite mismo de su capacidad biológica, y los programas de alta performance están disenados para vencer casi a cualquier precio en competencia, no para la longevidad. El síndrome de sobre-entrenamiento (SSE) frecuente en atletas de élite, causa inmunosupresión, daña los cartílagos y disminuye la libido. De Emil Satopec, Teófilo Stevenson, Vasyli Alexeiev[2] cabría esperar una larga vida y formidable salud (o al menos un corazón fuerte), pero la realidad es que vivieron relativamente pocos años. El ejercicio demasiado leve o infrecuente, por otra parte, tampoco produce los resultados contundentes que buscamos.(F)

Fig.2 Aborigenes Australianos.


El hecho de que un régimen racional de ejercicios mejore además la agudeza mental, tanto en jóvenes como en ancianos, resulta sumamente atractivo para nosotros. Tal y como sucede con la función sexual, nuestra performance intelectual depende en gran medida del aporte de sangre; y el ejercicio físico claramente incrementa el riego sanguíneo de todo el organismo. Es un hecho bien establecido que las endorfinas[3] liberadas en el cerebro en respuesta al dolor, el hambre y otros agentes estresantes, se elevan notablemente tras una sesión de entrenamiento. El ejercicio físico incrementa también la síntesis y liberación de una substancia llamada Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro (BDNF, por sus siglas en inglés), la cual facilita la neuroplasticidad, así como las funciones neuronales y sinápticas, aumenta la resistencia del cerebro a las lesiones y mejora el desempeño mental, tanto como el aprendizaje (5).


El ejercicio intenso es, por definición, un esfuerzo máximo sostenido brevemente. He aquí un ejemplo: si tuviéramos que descargar de un camión cien bolsas de arena de 20kg cada una, la modalidad intensa de trabajo sería cargarlas en, digamos, veinte viajes, llevando cinco bolsas por vez, en lugar de hacer cien viajes llevando una sola bolsa (modalidad extensa). En ambos casos el kilaje total es idéntico -2.000kg- pero la repuesta fisiológica a una u otra modalidad es marcadamente diferente. En una interesante investigación, Weider y colaboradores encontraron que el perfil inmunológico, la masa muscular, el sueño y la función sexual de distintos grupos de estibadores portuarios profesionales, eran diametralmente opuestas en función de sus respectivas modalidades de trabajo. Los trabajadores ocupados en estibas prolongadas de pequeñas cargas, mostraban índices de salud notablemente más pobres que sus compañeros ocupados en estibas breves pero muy pesadas. Para lograr estos resultados, los esfuerzos necesarios son del orden del 90% de la capacidad máxima del practicante. De ahí que, una prueba especial de eficiencia física debe determinar previamente nuestra capacidad tope. Todo esto necesariamente convierte al entrenamiento con altas cargas en algo personal. En consecuencia, el entrenamiento intenso requiere la supervisión de un experto.


Ernesto Prieto Gratacós

Laboratorio de Ingeniería Biológica

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