TU CONTINUO EQUILIBRIO Comprendiendo la homeostasis del organismo vivo.

Para permanecer vivos en medio de las cambiantes circunstancias del medio ambiente, nuestro organismo precisa corregir veloz y continuamente sus procesos internos para ajustarse a la realidad exterior. Si no pudiéramos hacerlo, de inmediato un viento frío nos dejaría inmóviles –literalmente congelados, en caso de que nos sorprendiera una nevada al aire libre- o moriríamos de agitación por no poder retornar a la calma las contracciones del corazón tras subir unas escaleras. Esta condición de equilibrio estacionario de las condiciones internas, tanto físicas como químicas, se conoce como homeostasis. Dicha condición dinámica, característica de cada especie, permite al organismo operar dentro de un rango óptimo constante, oscilando ligeramente dentro de un cierto margen conocido como rango homeostático. Tu temperatura, por ejemplo, puede oscilar normalmente entre 35,5 y 37,5 grados centígrados. Este es el equivalente biológico de los continuos ajustes físicos que realiza un equilibrista al caminar sobre una cuerda.


Se trata ni más ni menos que de la imprescindible condición de funcionamiento óptimo que mantiene a salvo a los sistemas vivientes, e incluye variables como la temperatura corporal, el equilibrio ácido/básico, el volumen de líquidos, la presión sanguínea, la concentración de oxígeno y la cantidad de azúcares, grasas y aminoácidos disponibles para las células; todos los cuales se mantienen dentro de rígidos límites preestablecidos -el rango homeostático- de manera continua. Todo lo que nos impacta y todo lo que hacemos, (incluyendo la comida y el trabajo físico) empuja las constantes vitales en una dirección extrema… por lo que los mecanismos reguladores operan continuamente para devolver cada elemento esencial para la vida a su rango funcional correcto. Dicha tendencia se conoce como “retorno a la media”. Todas y cada una de estas variables fisiológicas están controladas por uno o más circuitos reguladores o mecanismos homeostáticos, que en su conjunto mantienen la vida.



La homeostasis se produce por una resistencia fisiológica al cambio cuando el organismo ya se encuentra en las condiciones óptimas (estado estable), manteniéndose dicho equilibrio mediante la cooperación de muchos mecanismos reguladores. En términos funcionales, considerando lo que podríamos llamar la “ingeniería biológica” de los organismo vivos, todos los mecanismos de control homeostático tienen al menos tres componentes interdependientes para la variable que se regula: un receptor, un centro de control y un efector. Para representarte este proceso fácilmente, visualiza un aire acondicionado común, dispuesto para mantener la habitación a 23 grados centígrados. El receptor es su termómetro interno, el centro de control es su computador -que lee la temperatura registrada y emite o no señales al motor del aparato- y el efector es precisamente el motor que succiona el aire de la habitación y lo empuja a través del circuito refrigerante, para reinyectarlo de vuelta, ya frío, a la habitación.


Aunque son fundamentales para la existencia, los circuitos homeostáticos no gobiernan todas las actividades del organismo. Las señales nerviosas y hormonales que van del sensor al centro de control y de ahí al efector, no pueden capturar toda la complejidad de las circunstancias externas e internas a las que se está sometiendo al organismo. En términos más precisos, no alcanzan a transmitir toda la información sobre la dirección y la magnitud del error detectado por el sensor. De manera similar, la respuesta del efector debe ser altamente ajustable para revertir las desviaciones de oxigenación, hipertensión, temperatura, acidez, glucemia, etc.; debiendo de hecho ser casi proporcional (pero en la dirección opuesta) a la perturbación que amenaza medio interno. Mamíferos como tú y yo, por ejemplo, regulamos constantemente la presión arterial mediante receptores mecánicos en las paredes de las arterias aorta y carótidas internas. Continuas señales nerviosas son mandadas desde estos sensores a una zona denominada bulbo raquídeo del cerebro, informando si la presión arterial ha aumentado o disminuido, y en qué medida. El bulbo raquídeo luego distribuye mensajes “telegráficos” a lo largo de los nervios motores o eferentes a una amplia variedad de órganos efectores, cuya actividad se modifica en consecuencia para revertir la perturbación –o alejamiento de la media- en la presión sanguínea, es decir, en la fuerza mecánica que la sangre ejerce sobre las paredes arteriales. Uno de dichos “motores” u órganos efectores es el corazón, cuya frecuencia de contracciones aumenta (taquicardia) cuando la presión arterial cae, o disminuye (bradicardia) cuando la presión aumenta por encima del punto de ajuste. Debemos considerar sin embargo que nuestro organismo no tiene un sensor específico para la frecuencia cardíaca. Así, nuestros latidos no se controlan homeostáticamente, sino que son sencillamente una de las respuestas efectoras a las variaciones en la presión arterial.


La razón por la que hablamos sobre esto es que a traves de nuestros hábitos de vida podemos (y debemos) facilitar, y hasta incrementar, la capacidad adaptativa de nuestro organismo, preservando así la salud. Esto prolonga la vida útil de nuestra máquinaria biológica. El entrenamiento físico regular, los ayunos periodicos, las exposiciones progresivas y controladas al frío (crioterapia) y al calor (hipertermia), sumadas a un correcto descanso, masoterapia y relajación autógena, etc., preservan la capacidad homeostática del cuerpo. ¡Diseña tu programa de salud y cumplelo a diario!


Ernesto Prieto Gratacós

Laboratorio de Ingeniería Biológica

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