AUTOFAGIA. Reciclando lo que sobra.

Actualizado: hace 2 días

Un fenómeno recurrente en las Ciencias Biológicas es que cada proceso o circuito, cada ruta metabólica, cada gen, cada vitamina o enzima sirven a varios fines simultáneamente, a menudo en profunda interconexión con sus opuestos. Tal es el caso de la autofagocitosis o autofagia, un ancestral mecanismo regulador de las células que elimina los componentes disfuncionales o prescindibles, en particular bajo condiciones de escasez de macronutrientes. Es por eso que el ayuno profundo activa el programa intracelular de limpieza y reciclaje biológico. La autofagia permite una degradación y reciclaje ordenado de las piezas biológicas que conforman los orgánulos celulares (proteínas, lipopolisacáridos) (1-2). Si bien parece claro desde el punto de vista evolutivo que se trata de una vía de degradación primordial emergida como recurso de preservación contra la hambruna, se sabe que la autofagia tiene asimismo un rol crucial en la homeostasis o equilibrio funcional de las células (3). En humanos, ciertos defectos -genéticos o inducidos- en dicho programa de autodegradación parecen estar conectados con patologías tumorales y neurodegenerativas, por lo que se ha despertado gran interés en modular farmacológicamente la autofagia como un tratamiento potencial para estas enfermedades (4,5).

Fig.1 Representación esquemática de la autofagocitosis. Los detritus celulares son rodeados por una membrana, conformando la estructura denominada autofagosoma. Una vesícula cargada de enzimas -lisosoma- se fusiona luego con esta creando una segunda membrana aislante, y desensambla todos los componentes biológicos atrapados en su interior. Las "piezas" así obtenidas son utilizadas entonces con fines energéticos o estructurales.


Sin los conocimientos precisos de hoy día, mas desde un nivel profundamente intuitivo, el ayuno se ha utilizado durante siglos como herramienta curativa de gran eficacia (6). En tiempos recientes se ha podido descubrir exactamente qué mecanismos biológicos –a nivel de los tejidos en general y en el interior de las células en particular- son responsables de los formidable efectos del ayuno terapéutico o inanición voluntaria practicada con fines médicos y espirituales. Tanto la literatura científica como las tradiciones yóguicas prueban un punto común: durante una hambruna, una vez que se ha consumido toda la reserva de glucógeno, el organismo decide consumir ciertas partes más o menos prescindibles de sí mismo (primariamente la grasa, las proteínas envejecidas y los orgánulos celulares defectuosos) para poder sobrevivir. La observación más interesante que se reportaba era que lo primero que se quema en estado de autofagia son las substancias sobrantes, menos vitales, incluyendo compuestos supramoleculares como la lipofuscina, atrapados en los tejidos. Sometidas a la inanición, las células propician que varios orgánulos defectuosos, por ejemplo mitocondrias averiadas, sean devoradas por fagocitosis y recicladas tras cierto tiempo de estrés energético sostenido (7).

En su más directa definición, la autofagia es un mecanismo catabólico de respuesta a la inanición, controlado genéticamente y conservado a través del curso de la Evolución como estrategia de supervivencia. Esto es logrado mediante el hábil truco de la acumulación de “autofagosomas” dentro de la célula, que luego se fusionan con lisosomas –cargados de poderosas enzimas- para formar vacuolas digestivas especiales llamadas autolisosomas. Durante este proceso, la célula devora y digiere partes de sí misma -orgánulos intracelulares y porciones del citoplasma- para obtener energía, pudiendo servir además para regular la reposición normal de las estructuras disfuncionales y para descartar toda porción dañada de la arquitectura celular que comprometa la homeostasis o equilibrio orgánico. Resulta evidente entonces que la autofagia sirve como mecanismo de supervivencia durante períodos de hambruna, proveyendo una fuente alternativa de energía, a la vez que facilita el descarte de proteínas con un plegamiento defectuoso.


Inducir una verdadera autofagocitosis requiere por lo menos 48 horas de ayuno, dado que primero deben ser agotadas todas las reservas hepáticas y musculares de glucógeno, pero ayunos mayores de 72 horas deberían ser hechos bajo supervisión experta. Como en todos los otros fenómenos, llevar la inanición al extremo consume -pasado cierto punto- recursos sumamente valiosos para el organismo, poniendo en peligro la supervivencia. La hambruna involuntaria e indefinida ha sido sin dudas un azote de la Humanidad y del resto de los animales desde el albor de los tiempos, conduciendo muchas veces a la extinción de un individup aislado o bien de grupos enteros por falla multiorgánica. La distinción debe ser hecha, con toda claridad, entre la hambruna involuntaria –y por lo tanto caótica, azarosa y potencialmente fatal- y la cuidadosa administración terapéutica de periodos bien planificados de inanición voluntaria.


Nota: El término autofagia o autofagocitosis proviene del griego antiguo αὐτόφαγος autóphagos, que significa "autodevorador" y κύτος kýtos, que significa "hueco".


Ernesto Prieto Gratacós

Laboratorio de Ingeniería Biológica

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